Colaboraciones

Espacio reservado para historias, colaboraciones y otras aportaciones

20 marzo 2014

Teoría del Infierno enviada por el Dr. Salvador Aubán Ariño.

La siguiente pregunta fue hecha en un examen trimestral de química en la Universidad de Toledo. La respuesta de uno de los estudiantes fue tan “profunda” que el profesor quiso compartirla con sus colegas, vía Internet, razón por la cual  podemos todos disfrutar de ella.

Pregunta:

¿Es el Infierno exotérmico (desprende calor) o endotérmico (lo absorbe)?

La mayoría de estudiantes escribieron sus comentarios sobre la Ley  de Boyle (el gas se enfría cuando se expande y se calienta cuando se comprime).

Un estudiante, sin embargo, escribió lo siguiente:

“En primer lugar, necesitamos saber en qué medida la masa del Infierno varía con el tiempo. Para ello hemos de saber a qué ritmo entran las almas en el Infierno y a qué ritmo salen..  Tengo sin embargo entendido que, una vez dentro del Infierno, las almas ya no salen de él. Por lo tanto, no se producen salidas. En cuanto a cuántas almas entran, veamos lo que dicen las diferentes religiones: La mayoría de ellas declaran que si no perteneces a ellas, irás al Infierno. Dado que hay más de una religión que así se expresa y dado que la gente no pertenece a más de una, podemos concluir que todas las almas van al Infierno. Con las tasas de nacimientos y muertes existentes, podemos deducir que el número de almas en el Infierno crece de forma exponencial. Veamos ahora cómo varía el volumen del Infierno. Según la Ley de Boyle, para que la temperatura y la presión del Infierno se mantengan estables, el volumen debe expandirse en proporción a la entrada de almas.

Hay, por lo tanto, dos posibilidades:

*** 1ª Teoría:

Si el Infierno se expande a una velocidad menor que la de entrada de almas, la temperatura y la presión en el Infierno se incrementarán hasta que éste se desintegre.

 

 

*** 2ª Teoría:

Si el Infierno se expande a una velocidad mayor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión disminuirán hasta que el Infierno se congele.

¿Qué posibilidad es la verdadera?

Si aceptamos lo que me dijo Teresa en mi primer año de carrera (¡hará frío en el Infierno antes de que me acueste contigo!), y teniendo en cuenta que me acosté con ella ayer noche, la posibilidad número 2 es la verdadera.  Doy por tanto como cierto que el Infierno es exotérmico y que ya está congelado. El corolario de esta teoría es que, dado que el Infierno ya está congelado, ya no acepta más almas y está, por tanto, extinguido… dejando al Cielo como única prueba de la existencia de un ser divino y amoroso, lo que explica por qué, anoche, Teresa no paraba de gritar:   ¡Oh Dios mío!    ”

Dicho estudiante fue el único que sacó “sobresaliente”.

Sencillamente… ¡Magistral !

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10 marzo 2014

Hoy la ilustradora Lara Isabel Rodríguez nos ofrece su visión de una escena del primer capítulo de “Diosa de Cozumel”

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24 febrero 2014

Hoy continuamos la sección de colaboraciones con una interesante historia sobre el folkrore nórdico que nos llega por cortesía de Juan Carlos Roca.

Nils

Todavía quedaban unas pocas ascuas encendidas en la hoguera cuando la figura se acercó hasta ella, silenciosa, casi espectral. Sujetaba un hatillo con una de sus manos y un hacha con la otra mientras, a pocos pasos, Ulrik yacía dormido, ajeno e indefenso, bajo la oscura piel de oso que su madre le había regalado el año anterior, en su décimo cumpleaños, para que le protegiera del intenso frío norteño. Se aferraba a ella como si fuese su única posesión y, a excepción de una pequeña daga, así era.

Se había aventurado en el bosque sin poder dejar de mirar a su espalda, con sangre aún en su retina y lamento en los oídos, tras observar cómo un grupo de bandidos arrasaba su aldea sin más origen ni causa que el puro placer de propagar miedo, desolación y muerte. Los pocos hombres que pudieron hacerles frente eran campesinos sin ningún tipo de experiencia en batalla, el resto, la gran mayoría, ancianos, mujeres y niños. Fue una masacre despiadada y cruenta. Nadie quedó con vida, eso pensaron, eso le salvó.

Penetró en la espesura, desorientado y lloroso, dejando atrás todo cuanto había conocido, todo cuanto había amado, intentando ordenar unas ideas que tropezaban, entre ellas, torpes y confusas.

Cayeron la oscuridad y las sombras, llegó el hambre. Lo pensó un instante, pero sabía que aquel fuego no iba a cocinar ninguna pieza esa noche e intentó abandonar la imagen. Se cubrió con la manta, despacio, temeroso, escudriñando atento los árboles, uno a uno, mientras empuñaba firmemente su daga con la pobre esperanza de que le diese coraje suficiente para que cada pequeño ruido no fuese un sobresalto ni cada silencio le helase la sangre. Creyó imposible dormir, pero el cansancio acabó triunfando y, ahora, una presencia, un intruso, permanecía ahí, de pie junto a él.

Tal como le habían enseñado, colocó ramas y hojas secas alrededor del  campamento con el fin de que nadie pudiese acercarse furtivamente y sorprenderle, pero no fue suficiente. Tuvo que ser un ruido lejano, débil, prácticamente inaudible lo que le despertase, un sonido que traía el viento, casi una melodía. No tardó en identificarlo, pero le pareció tan extraño y fuera de lugar que le costó reaccionar. “Cascabeles”, pensó, mientras desenvainaba impetuoso su daga.

El hombre hizo oscilar el hacha justo en el momento en que Ulrik apartaba la manta de su cuerpo. El muchacho, acuciado por la visión, retrocedió aterrado, aún de espaldas al suelo, al mismo tiempo que el hacha hundía su filo, violenta y ruidosamente, sobre una de las gruesas ramas dispuestas junto a la hoguera.

Era alto y corpulento, embutido en un pulcro abrigo negro con capucha que, ahora, una vez descubierta, revelaba un rostro de barba incipiente, pelo desaliñado, y ojos serenos.

- Esto no tendría que haber sido así – balbuceó con un marcado acento extranjero –. Pero, ya que me has visto, acércate y hablaremos frente al fuego. Soy Nils – se presentó, al tiempo que se arrodillaba para recoger la rama recién cercenada  - ¿Cuál es tu nombre?

El niño apenas reaccionó. Temblaba como una hoja, y sujetaba la daga frente a él como quien sujeta la cuerda que le impide caer al vacío. – Ulrik, señor – acertó a decir, visiblemente nervioso.

- Las nieves no han aparecido todavía, pero no tardarán en hacerlo – refunfuñó el grandullón mientras bregaba para reavivar las brasas -. Deberías volver a tu hogar. Éste no es lugar para un crío.

- No soy un crío – respondió desafiante, casi ofendido -. Tengo once años.

El hombre giró la cabeza para observarle bien, sonrió levemente y asintió en silencio. Después, tras una pausa, desanudó su hatillo para sacar pan y un pedazo de queso, consciente de que lo que nunca permitiría la prudencia podía conseguirlo el hambre. Depositó la comida en el suelo y se alejó un par de pasos con la fe puesta en que Ulrik se sintiese lo suficientemente seguro para atreverse a alcanzarla.

- No es mucho – se disculpó, mientras el niño regresaba a su manta con el semblante agradecido y la boca repleta.

Fueron necesarios varios mordiscos para que la confianza del muchacho aflorase. Hizo falta mucho más para reunir el valor que le ayudase a narrar su desgracia y, cuando lo hizo, fue de un modo vehemente, pero pausado.

- Violaron a mi madre. Una, y otra, y otra vez. Se reían y… gruñían, como los cerdos. Lo vi todo desde el interior de la cesta. Pase lo que pase, dijeron. Pase lo que pase. Mi padre agonizaba…  en el suelo… con una espada atravesándole las tripas y…. se miraban… me miraban…. Ella lloraba, mi padre… mi padre alargaba el brazo intentando tocarla, y… después… aquél hombre sacó su cuchillo y…

Contaba su historia con una expresión en el rostro que el hombre no tardó en reconocer. No era miedo lo que le atenazaba, ni dolor, tampoco cansancio. Apretaba los dientes, sus entrañas hervían. Era rabia, cólera, era sed de venganza. Su ira crecía y crecía a medida que seguía engarzando palabras, muchas inconexas, sobre lo que vio cuando por fin salió de la cesta, sobre lo que sintió, al tiempo que Nils buscaba en su memoria las necesarias para consolarle pero, ¿qué se le puede decir a un niño que te habla de cuerpos inertes, de sangre y silencio, de pánico, de tormento, y de cómo el humo cubría un cielo que siempre fue cristalino? ¿Qué palabras pueden confortar eso?

- Sé lo que tu corazón anhela, pero no puedo ayudarte, no como deseas – dijo, con apenas un hilo de voz, tras recoger su hacha y levantarse  –. Mañana te llevaré a un lugar seguro. No puedo permitir que regreses a tu hogar. Es peligroso que estés allí tú sólo.

Ulrik parecía no escuchar mientras utilizaba la daga para rasgar compulsivamente el suelo. Tras unos segundos, alzó la mirada buscando la de Nils y separó los labios como si quisiese añadir algo, pero decidió guardar silencio.

- Ahora duerme, chico. Yo vigilo.

El muchacho recogió su manta y se envolvió en ella. – No quiero vivir en otra aldea. No puedes obligarme.

- No te obligo – respondió  –. Sólo intento ofrecerte un pacto.

- ¿Qué clase de pacto? – inquirió.

- Hónrales. Sé un buen hombre – sugirió -. Que nadie tenga jamás nada que reprocharte, y todos sabrán que los tuyos fueron unos buenos padres. Que esa sea tu venganza, al menos durante un tiempo. Tu mente es ágil y tu corazón generoso. Cuando te conviertas en un hombre y tu brazo sea fuerte, podrás decidir si aún deseas venganza. Ese día, si así lo quieres, lucharemos juntos, mataremos juntos, sangraremos juntos, pero hasta ese momento…

- Y si yo hago eso por ti, ¿Qué harás tú por mí? – interrumpió el chaval.

- No lo harás por mí, sino por ti mismo – replicó –. No estarás solo. Me encargaré de que la gente de la aldea se ocupe de cuidarte. No estaré allí, no viviré contigo, ni siquiera cerca, pero iré a verte y podrás pedirme lo que quieras una vez al año, siempre y cuando yo sepa que has sido buena persona durante ese tiempo. Esa es mi propuesta.

No tardó en acostumbrarse a su nuevo hogar, a sus nuevos vecinos y amigos. El tiempo fue pasando, lento, cansado. Se llevó consigo el dolor, las pesadillas y la hiel de su memoria. Se llevó las caras de todo aquel a quien quiso y a quien odió. Se llevó sus recuerdos de niño para dejar paso a otros nuevos.

Una mañana de invierno, al despertar, Ulrik encontró por fin su venganza, su calma, y la cabeza del último bandido presidiendo la mesa. Nadie volvió a ver a Nils, nunca, aunque hubo quien aseguró haberle visto surcando el cielo a lomos de un caballo blanco del que manaba un incesante sonido de cascabeles.

Su leyenda corrió por los fiordos, por toda Escandinavia, por toda la tierra. En unos países le llaman Nils o Nikoláus, Klaus en otros, pero en todos se le conoce como: “El duende de invierno”.

Cuentan que regresa año tras año, siempre en la misma fecha y a la misma hora para, mientras todos duermen, descender por la chimenea y seguir dando cumplimiento a su promesa, castigando la maldad y llevando regalos a los niños de buen corazón y, aunque alguien decidió cambiar su hatillo y su hacha por un saco de juguetes, su corcel blanco por un trineo tirado por renos, y sus ropas oscuras por un ridículo traje de color rojo, no importa, ya no. Tú y yo sabemos la verdad.

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17 febrero 2014

Una de las principales características que define al jugador de aventuras, y al aventurero en general, es su gran imaginación que lo hace capaz de apoyarse en unas pocas líneas de texto para crear todo un complejo mundo donde interactuar.

Aprovechando esa cualidad, teníamos pensado desde hace tiempo iniciar un sección donde todos los que quisieran pudieran desarrollar su ingenio creando relatos de cualquier tipo y sobre el tema que sea, tanto de aventuras como de cualquier otro argumento.

Pues bien, hoy iniciamos esta “aventura” con uno de los primeros relatos que hemos recibido.

Se trata de “LA OTRA COZUMEL – Zyanya” firmado por don Ángel Villaverde Serrano.

Sirva esto como invitación para cualquier creador que desee enviar sus obras con la garantía de que serán publicadas tal cual han sido recibidas y solo con el añadido de algún comentario aclaratorio o alguna lilustración.

Y para aquellos que se les de mejor dibujar que escribir, también se pueden pedir escenas del libro “La Diosa de Cozumel”, ya en fase de corrección, para que los artistas nos deleiten con su visión particular.

Empecemos pues. Y repito, quedáis todo invitados a participar, compartir y difundir esta iniciativa.

El Viejo Archivero espera vuestras participaciones en:

andresam@infonegocio.com

LA OTRA COZUMEL

Zyanya

Corren los años veinte, y el tráfico marítimo se ha multiplicado en todo el mundo rápidamente. El Caribe, con sus decenas de islas relativamente próximas y la cercanía al resto del continente americano, se ha transformado en un caleidoscopio de culturas, y de esa mezcolanza han surgido bellezas indias como la de Zyanya. Si bien Zyanya no es una chica guapa al uso, hay en ella un atractivo nuevo y distinto, algo de lo cual ella es plenamente consciente.

Zyanya limpia la mugrienta barra de una vieja taberna. La taberna se encuentra en la plaza de armas del pequeño pueblo pesquero de San Marcos, en la recoleta isla de Cozumel, a pocas millas de la costa oriental de la península de Yucatán, en México. Zyanya nunca ha conocido otro lugar que no fuese ese pueblito, donde al parecer sus padres, incapaces de mantenerla, la abandonaron al poco de nacer antes de hacerse al mar en un pequeño bote, la proa apuntada al continente, para nunca volver.

Sus ojos tristes son de un poco frecuente color claro. Es brillante y blanca su sonrisa, como la luna. Zyanya es especialista en sonreír. Cada vez llegan más y más barcos a la isla, y su trabajo es satisfacer las necesidades de los rudos hombres de mar que echan el ancla en ese tugurio por unas horas. Cuando el maestro de escuela, que encontró su cuerpecito desnudo bajo la tormenta a la puerta de la iglesia aquella noche, no pudo seguir cuidándola, ella misma decidió buscar empleo, y el tabernero se lo dio.

Han pasado algunos años desde entonces, y Zyanya se ha convertido en una joven quizá no muy agraciada, pero sí dotada de unos exóticos rasgos que atraen a buena parte de los marinos que recalan en aquellas tierras. Por unos pocos pesos, les lleva a un deprimente cuartucho de la trastienda del bar donde, entre cajas de cartón llenas de botellas del apestoso ron casero que destila el tabernero, ellos se desahogan mientras ella piensa en una vida mejor. No suele hacer falta hablar: ella no entiende los idiomas nativos de la mayor parte de estos hombres.

Zyanya no es feliz. De no ser por el revólver cargado que el tabernero guarda bajo la barra, en más de una ocasión se habría aproximado a él y le habría estrellado en la cara una botella de aquel mismo ron. Después, aprovechando el breve momento de aturdimiento, le habría ahogado con sus propias manos, mirándole fijamente para ver cómo la vida escapaba de esos ojos inyectados en sangre. Pero lo cierto es que el revólver sigue bajo la barra, y todo lo demás son imaginaciones de una muchacha que anhela conocer otro futuro, sea el que sea.

Pero hoy soplan vientos nuevos en San Marcos. A lo largo de la mañana, ya dos lugareños han entrado a la taberna mencionando a un forastero que parece haber llegado a la playa arrastrado por las olas. Zyanya se pregunta de dónde habrá venido ese forastero, si será otro más de esos brutos marineros o si, por el contrario, será un apuesto galán que la suba a un elegante caballo blanco (animal que ella no ha visto jamás, aunque sabe cómo son porque el maestro le mostró viejos daguerrotipos y fotografías en libros) y la lleve… bueno, a donde sea.

En realidad, lleva tanto tiempo deseando poder salir de esa miseria que varias veces ha expresado su deseo en voz alta, lo que le ha valido golpes del tabernero, amén de otras vejaciones y castigos. Por eso, en esta oportunidad, Zyanya se limita a exhalar un hondo suspiro antes de seguir frotando la barra con un trapo ya bastante sucio de por sí.

De repente, y como respondiendo a la silenciosa petición de Zyanya, la puerta del local se abre despacio. Entra, precavido, un hombre de mediana edad, ataviado con unos estrafalarios pantalones cortos y una camisa abierta, evidentemente no de su talla. Con parsimonia se acerca a la barra, observándolo todo a su alrededor.

Las miradas de Zyanya y del forastero se cruzan.

Por primera vez en mucho tiempo, Zyanya sonríe de veras.

Ángel Villaverde Serrano

Febrero 2014